PÁGINA A LA DERIVA DE LA ASOCIACION PROFESIONAL DE ILUSTRADORES DE VALENCIA
 
ABANICOS:
PAÍSES PINTADOS

Aprieta el calor y hemos ido a buscar el abanico. Es difícil mantener el pulso firme cuando dibujas con una mano y te abanicas con la otra, pero a todo se acostumbra uno. Siempre, a falta de un abanico, podemos agarrar un grueso volumen (o un tomito bien encuadernado, como éste que ahora tengo en las manos) y hacer pasar las páginas rápidamente por delante de la cara. Se provoca así una brisilla que casi siempre alivia y -en el improbable caso de que se consiga fijar la vista en el texto- a veces instruye y alecciona.
El texto fragmentado que a continuación reproducimos forma parte de un artículo del crítico de arte José Corredor-Matheos contenido en el catálogo de la exposición OTROS ABANICOS que organizó la Fundación Banco Exterior en Madrid en mayo de 1985.

El pintor, casi sin pretenderlo, llena con sus colores los espacios que tiene a mano. Lo anormal, por así decirlo, es que pinte un cuadro: hay mucho que violentar, entonces, antes de que surja algo. Lo grave es saberse profesional, tener que justificar el hecho de ser pintor. En nuestra cultura, el pintor se siente comprometido a pintar lienzos, dejando como algo marginal otras obras, consideradas menores, que tienen mucha más frescura y espontaneidad. En el descanso de su tarea, el pintor llena de líneas y manchas un trozo cualquiera de papel, un libro, un periódico, un cacharro cualquiera o una piedra. Los lápices, plumas, los rotuladores incluso, los pinceles, se mueven solos en el espacio, plano o no, usual o desacostumbrado. En ocasiones escoge un objeto que le parece gracioso, para diversión propia o para hacer un obsequio. Y no podemos preguntarnos, ¿y por qué un abanico?, sino: y, naturalmente, también un abanico.

El espacio que éste le ofrece es muy sugerente. El papel, tela u otro material que sujetan las varillas recibe el nombre de "país". El pintor se adentra en un "país" insólito, sencillo o exquisito. Y que no le está exigiendo ­en principio­ ser pintado. Sólo el placer puede justificar un acto como el pintar un abanico. El placer, connatural a la creación artística, es razón bastante, aunque oculte el cumplimiento, compulsivo y libérrimo a un tiempo, de una necesidad. De un modo u otro, siempre el primer sorprendido por el resultado será el propio artista.

(...) Los dibujantes e ilustradores se sentirán atraídos igualmente por las posibilidades del abanico: desde Jean-Louis Forain (1852-1931), que traslada al abanico escenas entre frívolas y satíricas, a Steinlen (1859-1923), que captará con certera visión el pulso de la época, y Alfons Mucha (1860-1939), autor de litografías en color, que encierran en el reducido espacio todo el encanto de sus figuras femeninas. Hay que destacar a un creador de tanta altura como Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901). Un dibujo al pincel, en negro y rojo, que se conserva en una colección privada de Berna, resume, en unos pocos trazos, orientalizantes, su sabiduría expresiva y su revalorización de la línea, tras la desmaterialización impresionista.

Las nuevas técnicas de reproducción son aprovechadas por otros creadores para la difusión de sus diseños. Además de Mucha, ya citado, sobresalen dos de los protagonistas de la Sezesion vienesa: Josef Hoffmann (1870-1956) y Josef Maria Olbrich (1967-1908). Y es interesante que estos dos arquitectos, que marcan el paso de los estilos fin de siglo a un nuevo entendimiento racionalista de la arquitectura y del diseño, hayan prestado atención al abanico. Sin duda revela, con las posibilidades de este objeto, la aspiración de los nuevos diseñadores a extender su arte, de manera consciente y deliberada, al mayor número de ámbitos posible. Otro austríaco, el pintor Oskar Kokoschka (1886-1980), superviviente del período

más esplendoroso de la cultura de su país, pintó con tinta china y acuarela abanicos que sintetizan el gusto de determinado momento. Su característico barroquismo no se manifiesta aquí en el color, que está ceñido por un dibujo muy marcado, en que se mezclan líneas curvas con angulosas rectas.

A fines del siglo XIX y comienzos del XX son muchos todavía los artistas españoles que podemos anotar: Ignacio Pinazo (1849-1916), Cecilio Pla (1860-1934), José Benlliure (1855-1937), Joaquín Sorolla (1863-1923), entre ellos. Sin embargo, la caída en desuso del abanico apartará en principio a los pintores de esta actividad. (...)

Pero no se trata de que se haya abandonado totalmente esta actividad: más bien de que la práctica ha cambiado de significado. Antes, el uso extendido del abanico lo mantenía ante los ojos de los pintores. Actualmente, este objeto, por su propia ausencia, se convierte en soporte apetecible, y más cuando los artistas están experimentando incansablemente en materiales y espacios inéditos. Y el país del abanico, de pronto, es redescubierto y cobra el atractivo y el valor de lo nuevo. Y no es raro que tal o cual artista, entre los primeros, como el propio Picasso y Antoni Clavè, llene un abanico con sus figuras o con sus líneas y manchas abstractas.

(...) Como en el pasado, los artistas dejan hoy en el país del abanico unas imágenes que nos permiten reconocer su concepto artístico y su personalidad. Unos pocos signos nos dan a Miró por entero. Como el simple rastro dejado por unos dedos de Tàpies son suficientes para que nos haga pensar en él sin necesidad de ver la firma. Como ocurre en el lienzo o el papel de gran formato, el abanico se convierte en un campo de experimentación libre.

 

José Corredor-Matheos

 

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