
Muchas
veces he visto a niños leyendo libros ilustrados y me he preguntado
qué recordarán de aquello leído y qué imágenes quedarán impresas en
su memoria.Quizás, en la fragilidad del tiempo, me gustaría saber
ser esa imagen recortada, poder crear las que me sobrevivan y se constituyan
en alimento y fuente de alguna memoria.
Qué daría por saber cuáles son las imágenes-presencia que sirven para
aliviar una pena, representar lo ausente, evocar la protección de
una mirada, hacer reencontrar la emoción o cómo condensar el recuerdo
en ellas para volver a sentir.
¿Por qué me detengo a pensar en todo esto? Pareciera que la cantidad
nos preocupa, la imagen en diferentes soportes se multiplica y tememos
por el sujeto que mira como si la proliferación y la diversidad fueran
sinónimos de invasión y el sujeto quedara inerte, atrapado por la
imagen que se amplía al infinito. Creo que la preocupación no es que
haya "demasiados libros ilustrados", ni que haya demasiadas imágenes
en diferentes medios; el tema de reflexión siempre será cómo nos relacionamos
con ellas (tanto los que las producimos como los que las miran, en
nuestro caso los niños).
El miedo a la proliferación y a la diversidad también tiene que ver
con la dificultad y la imposibilidad de controlar lo que circula y
lo generado por esa circulación profusa. Pero no es ejerciendo el
control de la censura lo que nos permitirá crecer, sino el que asentemos
nuestro trabajo en el lugar de la crítica y del comentario, poniéndole
palabras a las preguntas acerca de la imagen, reflexionando sobre
sus significados y acerca de las tantas "buenas intenciones" de sus
emisores.
Mientras continuemos sin prestar atención a las ilustraciones de nuestros
libros para chicos, mientras discutamos como si fuéramos grupos antagónicos
escritores versus ilustradores y viceversa, acerca de la importancia
de la imagen o de la palabra, una en detrimento de la otra; mientras
los libros para chicos sean "con dibujos" como si fuera algo natural
e intrínseco al libro mismo; mientras inclinemos la balanza sólo hacia
el lado de la imagen omnipotente, sofisticada, inaccesible para todos,
cara en los medios empleados para su reproducción pero sin carne ni
sustento, como para ser creadora de infinitas lecturas, estaremos
equivocando el camino.
Algunos ilustradores conversábamos, días atrás, con una escritora
que planteaba diferentes interrogantes en torno a los libros ilustrados
para niños. En un momento dado ella preguntó: ¿Ustedes creen que los
libros para chicos tienen que tener ilustraciones?...
Me quedé sin aliento, perpleja. Dije: "es como si preguntara si los
chicos tienen que escuchar música".
Solamente después me di cuenta de que el sentido de la pregunta, para
mí, se había abroquelado en la palabra tiene. Como si se pensara que
los libros para chicos deben tener ilustraciones para que puedan existir
y circular.
Es una distorsión pensar que un texto sólo puede ser comprendido por
el niño (aun si hablamos de niños muy pequeños) únicamente si está
acompañado con imágenes.
Pero también debo decir que un libro para chicos puede no tener texto
escrito, y saber ser sólo imágenes porque justamente ellas se constituirán
en texto.
Pienso sin embargo, que no podemos ubicarnos en el orden de la necesidad
o de lo utilitario, sino en el mundo del arte. Así como no tenemos
dudas en ubicar a la literatura para chicos en el campo de la literatura
como arte, así el mundo de las ilustraciones debería ingresar y pertenecer
al mundo del arte como la música o la escultura.
La concepción que acabo de mencionar modifica nuestra mirada y a su
vez transforma el mundo del objeto libro.
Pero ¿cuáles son las imágenes que pueden ingresar al campo del arte?
¿Cuáles son las que pueden convertirse en alimento para crecer?
¿Sobre qué imágenes el niño detendrá su mirada para desde allí abalanzarse
a nuevos mundos? ¿o agazaparse, replegado en un color o en una forma
que lo lleve directamente a su sentir?
Indudablemente no serán aquellas que los medios multiplican una y
otra vez y el placer radica solamente en el reconocimiento de lo mismo,
del estereotipo, silenciando las historias y los cuentos. En estos
casos la imagen se encapsula y se cierra en un único y manipulado
significado. El sujeto que mira, el niño, no puede extraer de ella
ningún vínculo y tampoco puede operar o interactuar porque esa imagen
"dejo de hablar" para él.
Tampoco serán aquellas ilustraciones que se constituyan en ornamento
de un libro, en espiral redundante del texto o en uniformidad de rostros
y manitas regordetas anunciando la frase: "todos los niños son felices",
porque en la clara convicción de que no todos lo son, mostrar el espejo
que sólo refleja ese fragmento de realidad, es una toma de posición.
La imagen es también lo que no muestra, lo que oculta y lo que con
ella excluye: lo otro.
Las imágenes, al igual que las palabras, no son inocentes. Pero siempre
el peligro está en la uniformización, "como si la imagen, al universalizarse,
produjera un mundo sin diferencias" (Roland Barthes: La cámara lúcida).
¿Hacia qué libros orientarnos
entonces? ¿La dirección de la búsqueda y de la producción solamente
puede estar marcada por el mercado y la oferta editorial?
Para mencionar experiencias alentadas por otros deseos, quiero hablar
de los libros que hacía Alberto Burnichón, un editor. Conocí sus ediciones
en el año 96, cuando en la Feria del Libro de Córdoba se organizó
un stand con todos aquellos que se logró recolectar de bibliotecas
barriales, de otras provincias, de las que atesoraban sus amigos y
su familia, aquellas ediciones que la represión no pudo quemar.
No son ediciones con el rótulo "para niños" y sin embargo muchos son
libros ilustrados. "En la época en que comenzaron a editarse se produjo
algo singular: pintores o dibujantes que ilustran a un cuentista o
poeta y cuentistas o poetas que dicen a propósito de la obra de un
dibujante, escultor o músico" (catálogo-muestra homenaje a Alberto
Burnichón).
Son libros lo más alejado que se pueda pensar en cuanto a medios sofisticados
empleados para su fabricación. No fueron libros caros porque son libros
sencillos y son magníficos.
Hay libros que guardan dibujos en servilletas de papel y la solapa-cajita
que las contiene lleva el texto que el escritor escribió para esas
imágenes. Hay otros que son como mapas de carreteras, plegados en
cuatro, hay que girarlos, darlos vuelta, o mirarlos con la cabeza
inclinada para poder ingresar en sus territorios de dibujos y cuentos
o poemas.
Hay de poesía, de cuentos, de ensayos, de dibujos, de grabados; a
todos y a cada uno de ellos se puede volver porque el tiempo no los
ha gastado. Un camino a seguir para nuestros libros: buenos textos
y buenas imágenes; ¿cuáles?
Aquellos que son para pensar, sentir, dudar, mirar, asombrar, prestar,
olvidar... para luego poderlos recordar.
Pero creo que aún debemos reflexionar sobre otros aspectos que inciden
en las imágenes de los libros para niños, alrededor de las cuales
estamos recién comenzando a pensar.
En la búsqueda de una metáfora para hablar de la imagen me apropiaré
de una, utilizada por muchos teóricos, la de Narciso.
Una escueta síntesis del mito cuenta que Narciso ve reflejada su imagen
en un estanque de agua y extasiado por ella, no puede dejar de contemplarse.
Tenemos un sujeto-objeto y su imagen reflejada en el agua limpia,
la que en apariencia presupone una fidelidad mayor a la conseguida
con un espejo, artificio construido por la mano del hombre.
Hasta aquí tenemos tres elementos: sujeto/objeto, imagen y soporte
sobre el que se refleja la misma. En este caso es como si la imagen
pudiera ser sólo y nada más que la copia de lo real, del objeto. Pero
la metáfora que utilizo en su pluralidad de sentidos complica y hace
problemática nuestra mirada. A los tres elementos mencionados deberemos
sumar: el paso del tiempo y con él las modificaciones de la luz y
de la sombra que transforman la imagen reflejada; el posible movimiento
del agua producido por algún elemento extraño, una hoja que cae al
estanque, un animal que bebe... La imagen se deshace, se distorsiona...
Ya es otra cosa.
Disgregada la "verdad" original, no encontramos en el reflejo lo mismo
que en el objeto; parece ser "un otro" y aún bello... La ambiguedad
nos sorprende.
El mito habla de Narciso, que no puede dejar de mirarse atrapado en
su espejo de agua... pero ¿qué hay de esa imagen que sólo existe en
la medida que el sujeto la mira? Y aún más, ¿no es acaso la imagen
el sujeto mismo? ¿Podremos trasladar todas estas disquisiciones al
campo de la ilustración de cuentos para niños? Vamos a intentarlo.
Las imágenes reflejadas son nuestras ilustraciones, vinculadas a una
realidad cambiante y sujeta al tiempo y a los movimientos de su época,
cuyas luces y sombras tapan y destapan aspectos centrales de la vida
y de las "verdades" del momento. Olvido sobre lo que no se quiere
ver ni tampoco mostrar, olvido so
bre
lo que no se puede recordar.
Un soporte, un medio que condiciona lo reflejado, en nuestra metáfora
el agua, en nuestro trabajo los libros, su papel, la textura de las
hojas, su diseño y las tapas que lo cierran o lo abren.
Por último las palabras cuentan el mito, palabras que hablan de lo
que olvidamos, que anudan un texto tras otro para una imagen que a
veces alimenta la palabra, o tapa la palabra, o ayuda a decir lo que
ella no puede, o dice otra cosa que ella no, diferente; o construye
otros textos y multiplica y suma allí cuando las palabras no bastan
y es preciso alguna muerte en el corazón.
LILIANA MENÉNDEZ es
artista plástica, licenciada en psicología y docente. Ha publicado
también escritos teóricos sobre ilustración. Comenzó su trabajo como
ilustradora en Barcelona en 1981. Actualmente vive en Córdoba (Argentina).
Este texto se publicó
originalmente en la revista PIEDRA LIBRE del Centro de Difusión e
Investigación de Literatura Infantil y Juvenil de Córdoba (Argentina)
en 1997. Los dibujos pertenecen a algunos de los más representativos
ilustradores argentinos. Por el orden de lectura: GUSTAVO ROLDÁN,
ELENA TORRES, SERGIO KERN, ISTVAN, ÓSCAR ROJAS y JUAN MANUEL LIMA.
Coordinó Alejandra Hidalgo. Agradecimientos especiales a la ilustradora
MÓNICA WEISS, y al Equipo Grúa.