LOS
CARTELES DE CINE
DE IVÁN ZULUETA
A pesar de que vivimos en una
cultura con fuerte predominio de lo visual, o precisamente por eso,
el gran público no se interesa por los carteles de cine. Los
consume sin reparar en ellos ni preguntarse por su creador, como se
consume en general el diseño, que forma parte del mundo visual
que nos rodea, configurando nuestra cultura de la imagen. IVÁN
ZULUETA es más conocido como director de cine que como cartelista,
aunque todo el mundo ha visto sus carteles, que constituyen una de
las series más interesantes de la publicidad cinematográfica
española y han anunciado lo más importante y nuevo de
nuestra cinematografía a lo largo de los años setenta
y ochenta.
El hecho de que además de cartelista sea él
mismo un hombre del mundo del cine -por cierto sumamente versátil,
que ha trabajado en distintos campos-, es una circunstancia excepcional
que ha posibilitado lo que se aprecia en estas obras: la unión
de una impecable maestría técnica para el cartel con
la comprensión profunda del hecho cinematográfico, y
la utilización de los recursos expresivos del propio cine en
el terreno del cartel, sin que éste pierda especificidad.
Zulueta cartelista, aunque domina el oficio, no se deja dominar por
él y no ha caído en la rutina en los muchos años
que lleva trabajando en este campo. Ha experimentado, se ha arriesgado
con novedades a veces muy adelantadas para el contexto español
-tanto en cine como en gráfica-, ha sido uno de nuestros
artistas pop más puro y en su producción se aprecia
la voluntad de convertir cada cartel en una obra original, no supeditada
al naturalismo fotográfico dominante en el género.
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MI
QUERIDA SEÑORITA
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Ha hecho carteles en blanco y negro para películas
en blanco y negro -y en blanco y negro y ocre dorado para La
Edad de Oro-,
ha adecuado el look de los carteles al look de las películas
y al mundo cinematográfico que refleja y, sobre todo, es un
maestro del rótulo, en el que alcanza refinamientos sutiles
y al mismo tiempo muy potentes.
"Yo les doy una gran importancia a las letras -ha dicho
en una entrevista recogida por Carlos F. Heredero-, lo que
más me enrolla de un cartel es que pueda tener unas letras
adecuadas, y sin embargo aquí siempre las han considerado un
estorbo...". No cabe duda que Zulueta no sólo no las considera
un estorbo, sino que las privilegia en el contexto de sus carteles
y les dedica mucha atención, lo que se refleja en el diseño
y en el buen encaje de los caracteres y de la mancha del letrero,
y en el diálogo de colores, formas y líneas de fuerza
que se establece entre la parte figurativa y las letras. Y que es
un enamorado de los letreros lo prueban carteles como el de México,
México, ra, ra, ra, y el de Hi,
Mom, que basan sus efectos únicamente en el juego
de las letras, careciendo casi completamente de elementos figurativos.
En algunos, como el de Maravillas,
da la impresión de que el protagonista es el título
de la película, lo cual se ve confirmado por la persistencia
de la idea de las letras cristalinas en los distintos bocetos de la
obra y por su énfasis en uno de ellos, en el que el rostro
de la chica está de frente y no de tres cuartos como en el
cartel definitivo, pero las letras muestran ya una configuración
que no cambiará. Porque en este cartel lo que interesa es la
lágrima dialogando con las letras diamantinas, de las que se
desprende un tintineo de cristal golpeado.
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UN,
DOS, TRES, AL
ESCONDITE INGLÉS
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A veces utiliza el choque del estilo de las letras y
del contenido figurativo del cartel para que ambos se potencien recíprocamente.
Por ejemplo, en Demonios en el Jardín,
en el que la fotografía camp de las mujeres y el niño
resulta ironizada y contradicha por la grafía del título,
que corona la composición como una bovedilla y cuyos caracteres
son totalmente pop, parecidos a los que empleó en Un,
dos, tres, al escondite inglés.
Uno de los carteles de mayor impacto visual por la composición
y por el juego con los letreros es el del 19 Festival de Cine de
Alcalá de Henares (1989), en el que se produce un violento
contraste entre el blanco y el negro del dibujo del campo y el fuerte
cromatismo de las letras, incluida la firma, en violenta grafía
oblícua y curva, en azul y rojo con toques de amarillo y de
rosa. El cuerpo del cartel, que representa una sala de cine, me recuerda
vivamente un conocido cuadro expresionista: el Homenaje a Oscar
Panizza de Georges Grosz. La violencia tanto de la composicion
en curva oblícua hacia arriba como del arabesco de las figuras
y de las líneas de fuerza, confieren a la imagen un gran dinamismo,
una especie de hervor. La pantalla es lo único vacío,
pero la vivacidad de su perspectiva hace que no resulte inerte. Por
el contario, es el foco de atracción de toda esa enloquecida
masa de espectadores caníbales, que parecen despeñarse
hacia ella como una catarata, atraídos irresistiblemente hacia
el blanco abismo rodeado por una sombra muerta, por la nada. Cuando
miro este cartel tengo la impresión de que en él afloran
todavía algunas de las ideas, de las intuiciones, de las pasiones
que presidieron la creación de Arrebato.
ARREBATO (1979)
Pienso que el cartel de la película del propio
Zulueta requiere una atención especial, no sólo porque
constituye el resumen quintaesenciado de una obra que, por ser suya,
es la que mejor conoce, sino por su importancia objetiva desde el
punto de vista estético. Inspirada en la idea -minimalista,
barata donde las haya y no muy original-, de un individuo que
se filma mien-tras duerme, Arrebato
es la película más insólita del cine español
de finales de los años 70. En su momento nos pareció
absolutamente única; hoy, situados en una perspectiva que nos
aleja un poco pero que enriquece nuestra visión, la revisitamos
con no menos interés, si bien situándola ya en su contexto
cultural -en el que se inserta con un grado menor de excentricidad-,
y apreciando más claramente su ironía.
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ARREBATO
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Su cartel es la perfecta cristalización visual
de la idea que la preside. No contiene la representación de
una escena, sino una síntesis de su tema. Los tres protagonistas,
sumergidos en la sombra de una sala oscura que ocupa la totalidad
del campo, son "atacados" por la luz de un proyector que
no vemos, contra una superficie clara -que sin duda es una pantalla
de cine-, sobre la que se proyectan sus sombras. Eusebio Poncela,
situado en primer plano, hace con la mano ademán entre conjurador
y autoprotector en relación con el chorro de luz. A su lado,
Cecilia Roth se retira asustada hacia el fondo, aferrándose
con la mano izquierda al brazo derecho de su compañero. Detrás
de ellos Will More, casi tapado por sus sombras, cierra la composición
triangular. De su rostro sólo vemos la boca, curvada en una
mueca ambigua que bien pudiera ser de sorpresa. Parecen un grupo expedicionario
de una película de selva africana, atacado por un rinoceronte
furioso. Incluso sus atuendos corresponden vagamente a la iconografía
del cine de aventuras.
Pero no es un rinoceronte quien les ataca: es la luz, están
acorralados contra una pantalla y, sin embargo, no son personajes
de celuloide, proyectan sombras. Pero pertenecen a una película.
Se trata de una interesante mise en abîme sobre la que
podría escribirse tan larga como innecesariamente. Este tipo
de composición, por otra parte, es frecuente en el cine de
Zulueta: personaje contra pantalla, personaje ante pantalla de cine,
de televisión, personajes "actuando" -como Cecilia
Roth remedando a Betty Boop- ante una pantalla. Una especie de
venganza contra el cine, contra la planitud instranspasable del cine,
una protesta inocente y violenta ante el hecho de que, irremisiblemente,
el cine no es la vida ni tiene que ver con ella.
Pero es al mismo tiempo la expresión de un sentimiento profundo
y común: el del miedo al cine, a su magia devoradora, totalmente
ficticia por otra parte y también nostálgica, inventada
desde siempre por el hombre frente al misterio de lo figurativo, presente
en la idea generadora de las pinturas rupestres, del cuento de E.A.
Poe El retrato oval y de El retrato de Dorian Gray de
Oscar Wilde. La fantasía de la cámara asesina y devoradora
es primitiva y al mismo tiempo muy moderna. Recrearse en ella sin
ir más allá puede dar lugar a una interpretación
empobrecedora y cinéfila del film de Zulueta, e incluso de
su cartel. Cada vez que veo su película tengo la impresión
de que Zulueta trabaja no tanto sobre el propio cine cuanto sobre
la muerte, sobre el deseo de muerte, sobre el supremo anhelo de ser
engullido y aparecer tal vez en otra región, al lado del celuloide,
porque todo lo demás -la vida cotidiana, el sexo, las relaciones,
las comidas de trabajo, las basurillas nostálgicas del baúl
de los recuerdos, los amores, las drogas-, son poca cosa y acaban
aburriéndole a uno mortalmente. Mortalmente: he ahí
la clave, tal vez. Ante el desolado panorama de la realidad sólo
queda el arrebato final: la experiencia paradójica de la propia
muerte.
Por otra parte, la amenaza del tomavistas-vampiro, metáfora
tal vez excesivamente objetivada en la película -lo cual
no es achacable a Zulueta, sino a las miserias del medio y de su obscenidad
inherente-, es refinada hasta el límite extremo en el cartel
por medio del fuera de campo. No vemos qué "objeto"
ataca a los tres personajes. Sólo percibimos que están
violentamente iluminados y que algo les amenaza.
Quien no haya visto el film ni sepa de él, pude pensar en el
rinoceronte, en un pelotón de fusilamiento, en un edificio
en llamas que se derrumba. Esta imagen misteriosa podría ser
un emblema del género fantástico cinematográfico,
cuyo protagonista es la amenaza de lo que está fuera de campo.
La composición de este cartel, como es habitual, dio mucho
trabajo a Zulueta y no es azarosa. Lo dibujó basándose
en una serie de fotografías tomadas a los actores y trabajadas
luego en el sentido de reforzar los elementos expresivos, como la
composición de las sombras de la mano sobre el rostro de Poncela
y la incidencia de la luz sobre el de Will More. En cuanto a su epigrafía,
es una de las más refinadas de Zulueta. Letras pequeñas,
regulares, discretas, se disponen en dos registros entre los cuales
se sitúa el título, que por el contrario presenta un
diseño orgánico, inquietante, del color del fuego y
surcado por una grieta.
La pantalla iluminada como fondo no es un recurso utilizado aquí
por Zulueta aisladamente. Le ha servido como motor plástico
en otros carteles. Por ejemplo, en el del XXVI Nazioarteko Zinemaldía
(Donostia 1978), en el que un extraño ser con aspecto
de búho con patas de león, es iluminado violentamente
contra una pantalla blanca, rnientras en la parte superior vemos diversos
fotogramas de los que parece escaparse su "habitante", una
leona que finalmente resulta ser la que ocupa la parte del cartel
que acabamos de comentar. La idea es la misma que en el de Arrebato:
la relación entre el cine y la realidad, entre el fotograma
y la carne.
Arrebato, por otra parte, contiene
un cartel de una película inexistente, pretendidamente dirigida
por su protagonista: La maldición
del hombre lobo. Se trata de uno más de los juegos
de referencias y de ecos del universo de Zulueta, que alcanzan su
apoteosis en Párpados.
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FURTIVOS
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Este texto pertenece al catálogo de
la exposición "PAUSAS DE PAPEL. Carteles de cine de
Iván Zulueta", organizada por el XIX Festival de Cine
de Alcalá de Henares en 1989 y presentada en Valencia en 1990
por la Conselleria de Cultura de la Gene-ralitat Valenciana.
Agradecemos a PILAR PEDRAZA, la autora del texto, su amable colaboración
al ceder a APIV el derecho de reproducción para este número
de CAFÉ.
Todas las ilustraciones son bocetos para carteles de cine realizados
por Iván Zulueta.