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LA
ILUSTRACIÓN EN LOS Uno desarrolla las habilidades que se propone. Por ejemplo. Tengo un amigo al que se le resisten los "abrefácil" de los envases en "Tetra Brik". Por más que lo intente le duelen los dedos. El invento le resulta incómodo y termina siempre convirtiendo la maniobra en una letanía de quejidos, maldiciones y algún que otro derrame de líquido. A mí, sin embargo, desde que salió el invento al mercado, me ha preocupado cogerle el tranquillo. Me he esforzado por encontrar la postura idónea de los dedos para que aquello no moleste y su apertura sea efectiva. Me resulta cómodo. A base de intentarlo he endurecido las puntas de los dedos índice y pulgar y reforzado sus articulaciones. Tengan la amabilidad de observar la fig. 1 y díganme, sinceramente, si encuentran alguna relación entre un pneumotórax o fractura abierta en la que el pulmón se comunica con el exterior y este fabuloso ejemplar de humano carbonizado con el que se trata de ilustrar dicho concepto. Un par de años más tarde
pude comprobar, en un segundo cursillo, que la sofisticación
de los métodos de salvamento para accidentados inconscientes
había evolucionado tanto como la liberalidad de sus "ilustradores"
quienes, obviando los primeros auxilios, proyectaban en los dibujos
sus fantasías sexuales más íntimas (fig. 2). Imbuído del mismo espíritu científico que impone a los estudiosos la necesidad de ratificar sus formulaciones, quise comprobar si el problema que había detectado en los manuales de socorrismo podía hacerse extensible a todo el ámbito de la medicina. Si Hogarth, o el mismo Leonardo levantaran
la cabeza, yo no sé lo que pasaría. Por empezar con alguno,
el libro "Anatomía para el movimiento" de Blandine Calais (fig.
4)
La "Enciclopedia médica del
Reader's Digest", por su parte, nos muestra otra corriente dentro de
esta parcela de la ilustración, basada en la línea clara
y el punteado. Quisiera decir, ahora en serio, que no era la intención desmerecer los manuales médicos entre los que, por otro lado, he encontrado muchas y muy honrosas excepciones. Se trataba, más bien, de llamar la atención sobre una irregularidad tan estúpida como la de avisar a un fontanero para que nos haga la permanente. Irregularidad que, en el caso de la ilustración, trasciende el ámbito de la medicina. Pretendía, en fin, dejar una idea en el aire que arquitectos de todas las épocas ya se han encargado de publicar: hagamos de nuestros espacios habitables lo más agradable posible, porque el hombre vive mejor rodeado de armonía. No de molestas representaciones, que en el peor de los casos (fig. 8) pueden trastocar la noción de realidad de nuestros profesionales. ¿Quién no temería a un médico formado con las ilustraciones de este libro? Gerardo Sanz
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calle SALAMANCA, 49, p. 13 |