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Desde comienzos de los años veinte se han escrito
innumerables ensayos sobre los cafés. Es
decir, se ha analizado la estética, las peculiaridades de los camareros, las especialidades
gastronómicas, la clientela habitual y, también, las tertulias
establecidas en esos locales. Tales estudios están plenamente justificados
ya que, con el paso del tiempo, los cafés han pasado a ser como
pronosticó Ramón Gómez de la Serna las modernas
oficinas de las artes y las letras.
Los cafés han tenido, aunque escasos, grandes detractores,
como Enrique Jardiel Poncela que comparaba las tertulias de los mismos con los escombros, dada la similar acumulación
de adoquines, y también grandes adictos como Rafael Lasso de
la Vega, que en el reverso de los tickets del Mabillon de
París materializó una parte notable de su obra gráfica
y literaria, tal vez obligado por la escasez de papel que sufrió
Europa durante los años cuarenta.
Antes de que existieran los cafés, los artistas
y literatos se reunían en las tabernas, lugares un tanto infectos
y castizos en los que se consumía, fundamentalmente, ajenjo. Pero
en cuanto apareció el primer café las cosas cambiaron de
manera radical ya que, entre otras cosas, el café presentó
al mundo el sifón: una magistral obra de
la ingeniería hidráulica hoy desgraciadamente sustituída
por el agua con gas embotellada cuyas perfectas formas geométricas
indicaron la higiene, la innovación tecnológica y el ritmo
trepidante que debería caracterizar al siglo XX. Así, las
tabernas cayeron en desuso y se dejó a un lado el ajenjo, una mixtura
cuya influencia quedó reducida a los turbios tonos verdes que utilizaron
en sus obras ciertos pintores atormentados, enemigos
acérrimos del aseo personal. Por otro lado, la taberna también
denominada tugurio, como sitio de rufianes que era, se ubicó
tradicionalmente en lugares ocultos, sumidos en penumbra, mientras que
el café buscó la luz y, desde sus ventanales, se abrió
a la calle. Se puede decir, pues, que con los cafés las artes plásticas
y la literatura en muchas ocasiones también la música,
sobre todo el jazz salieron de las cavernas y, por
fin, comprendieron los problemas existenciales del hombre.
De las tabernas no han quedado nombres, sólo vagos
recuerdos. Sin embargo, los cafés son una realidad con nombres míticos
como, por citar algunos ejemplos, Les Deux Magots, de Flore, Madrid,
National, Florian o des Westens.
Entre los artistas permanentes en los cafés siempre
han destacado los ilustradores desde Luis Bagaría, George Grosz,
Ricard Opisso, a Joost Swarte, Robert Crumb
o a los de ahora mismo que, apoyados sobre el tablero de cualquiera
de las mesas, se han constituído en singulares cronistas gráficos
y, a diferencia de otros de sus colegas cautivados por la moda momentánea
o por el software, siguen fieles a ese especial lugar, sin temor a contraer
mal alguno, ya sea la dispepsia o la temible blenorragia.
Adrià Martí
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